Dorso

miércoles, 30 de junio de 2010

El valor de la muerte y quien la valora.

No se trata de la valoración de la muerte.

La muerte es muerte.

Seca. Fría. Dolorosa. Amarga.

Da igual si es un joven o un anciano.

Duele.

Duele, más aún, si sucede cuando por lógica no debería suceder.

Las palabras que seguirán, tratan de analizar la valoración de la muerte según los medios de comunicación de masas con un ejemplo fresco, reciente: un chico, de menos de 20 años es muerto en un accidente de tránsito.

Una joven vida se apaga en otro choque, de los que se llevan más de 8 mil vidas por año.

No hay lugar en los medios masivos, se sabe, para los 8 mil.

Serían, si la simetría nos acompañara, casi 22 accidentes fatales por día, en años no bisiestos.

Entonces, ahí entra el criterio de selección que posea el medio.

Y cómo todos se copian, a veces por competir, y la mayoría por seguir una línea ideológica dominante, el accidente fatal de Las Cañitas saltó a todas las tapas y emisiones televisivas.

El argumento ideológico (agravante, condimento o noticia, según el nivel de amarillismo periodístico) es que un buen chico de esta sociedad (ciudadano de Las Cañitas, hijo de un militar de rango, jugador de Rugby) fue atropellado por dos "motochorros", a quienes la modalidad de su forma de delinquir los define por sobre cualquier otra definición, cómo si la valoración negativa de la palabra "motochorros" les quitara por completo su categoría de Seres Humanos.

Hasta aquí, no hay gran noticia.

Uno de esos 8 mil accidentes de tránsito fatales que se suceden en un año.

Entonces, ¿por qué es noticia? ¿Por qué se hace plaga en diarios, revistas, radios y televisión?

Clases.

Esa palabra que se hizo grande en Hegel, y eterna en Karl Marx.

No detiene las rotativas Clarín para publicar un accidente similar en Glew.

María Laura Santillán no pone cara de horror para contar una muerte en las callecitas de Rafael Castillo.

Guillermo Andino no nos alecciona cuando una mujer es atropellada en Ingeniero Budge.

El dominio de clases como doctrina se refleja en el cotidiano de las noticias de las mega-empresas de comunicación, reproduciendo una sola idea: el niño (joven, señor, señora, etc) rico (clase media o alta) es persona, y el pobre, "motochorro".

No hay cuestionamientos en estos medios de por qué sucede esto.

Tras cada accidente de tránsito como este, la culpa (responsabilidad) es individual o ajena a las personas: "el conductor iba alcoholizado" o "a causa del alcohol"; "el auto iba velozmente" o "el conductor manejaba a altas velocidades".

¿Por qué, en este tipo de noticias, la culpa también es tan individual? ¿Por qué existe el cuestionamiento a "el conductor que manejaba a altas velocidades" y no a la industria automotor, que fabrica autos capaces de ir a 300 km/h, aunque la velocidad máxima permitida en rutas es de 110 km/h, y en autopistas de 130 km/h?

¿Y cuando es de "el conductor alcoholizado"? ¿Es solamente una irresponsabilidad individual, personal, una "falta de conciencia"?

Las empresas automotrices promocionan sus nuevos modelos basados en el diseño, el confort, y... la potencia. Atrás, televisión y revistas difunden repetidamente estas cualidades.
Potencia.

Para las marcas de bebidas alcohólicas los jóvenes cancheros, vivos, piolas, son los que beben, beben y beben.

Para estar dentro, para pertenecer, tenes que tomar la cerveza del encuentro.

Entonces, ¿la responsabilidad es solamente individual? ¿Hasta que punto esta publicidad repetida al infinito (desde las empresas y por los medios de comunicación) no genera condicionantes para que esto suceda?

Clases.

Esas empresas, volviendo a esa palabra concreta, producen mercancías (autos, alcohol) que engrosan los bolsillos de la clase dominante, y engruesan los agujeros de la clase trabajadora, ya sea por las cuotas impagables del 0 Km, o por los agujeros generados por la corrosión alcohólica que avanza, como en autopista, a la cirrosis.

Luego, siempre luego, allí van, tras las muertes, los medios a reflejar lo sucedido.

Es La Realidad.

No se analiza. No se propone, no se explican los porqués.

Simplemente se refleja.

Volviendo al disparador de estas palabras, el accidente fatal de Las Cañitas en donde dos jóvenes que huían en moto tras arrebatar una cartera atropellaron a otro joven (recordemos que el enfoque de los multimedios sería "motochorros asesinaron a un joven"), tiene muchos de los anteriores interrogantes, y otros similares.

La pregunta está ausente: ¿por qué es más conveniente -y a veces, la mayoría, única opción- salir a robar que trabajar, en una sociedad que paga con "éxito" al chanta, con lujos al deshonesto explotador, con impunidad al saqueador, y sin trabajo, o con trabajos de excesivas horas a cambio de muy poca paga para algunos?

Anunciar la aparición de respuestas en las empresas de comunicación de masas es casi un milagro, como sería la aparición de la Virgen María, si ésta, en el mejor de los casos, existiera.

La sociedad actual no resiste el mínimo análisis. Los agoreros que anunciaron el fin de las clases se equivocaron, y los que quisieron confundir con palabras como Alta, Media, Baja, mintieron, buscando ocultar en supuestas estaturas la definición contundente de la cuestión: unos pocos poseen, la mayoría no; unos muy pocos explotan, la mayoría son explotados y excluidos.

Así, la visión saneadora de esa realidad, la que intenta legitimar (y lo logra) la dominación de las clases poderosas, muestra en constante a los pobres asesinos y ladrones; alcohólicos e irresponsables, y a los ricos inmaculados, desprotegidos.

La "solución final" está al alcance de la mano: control, vigilancia, aleccionamiento, represión

Represión que con Parca uniformada y con gorra se cobra la vida de un joven pobre cada 28 horas por gatillo fácil, asesinatos que solo se ven en los medios masivos cuando el pueblo pobre rompe el silencio con manifestaciones masivas, cansados de que la muerte sea clasista y monopolizada por el Estado.

Un Estado que se ausenta y no se hace cargo de los 25 niños que mueren por día por causas evitables, entre las que se encuentran desnutrición y primeros auxilios.

La selectividad de las noticias mortales que muestran los multimedios evidencia la valoración ideológica de la muerte, que resulta escandalosa y triste siempre que la billetera sea abultada en papel o plástico, y oculta, silenciosa (aunque muy efectiva) cuando los fantasmas en harapos y hambrientos dejan la intrascendencia terrenal.

Lucas Vadura
Agencia Walsh

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