Dorso

martes, 14 de junio de 2011

Federico García Lorca y Pablo Neruda en Buenos Aires.


Estos dos, podrían haber ser amigos para siempre. Ambos estaban cerca de los sentimientos del pueblo. Si bien no la pasaban mal. Y se encontraron acá, antes de partir a España. Pablo, para seguir siendo dipomático para bancarse escribrir militando, y Federico, para volver a su tierra con la intención de regresar a Buenos Aires. Pero lo encontró la muerte y fue fusilado por los fascistas de Franco.

Los dos eran alegres. Y como lector, no le perdono a Pablo un par de cosas. Una solo cosita, en realidad.

Acá, siguen partes de sus andanzas en Baires, que tomo de "Confieso que he Vivido"--------------------------------------

Un largo viaje por mar de dos meses me devolvió a Chile en 1932. Ahí publiqué El hondero
entusiasta, que andaba extraviado en mis papeles, y Residencia en la tierra, que había escrito en Oriente.
En 1933 me designaron cónsul de Chile en Buenos Aires, donde llegué en el mes de agosto.
Casi al mismo tiempo llegó a esa ciudad Federico García Lorca, para dirigir y estrenar su tragedia
teatral Bodas de sangre, en la compañía de Lola Membrives. Aún no nos conocíamos, pero nos conocimos
en Buenos Aires y muchas veces fuimos festejados juntos por escritores y amigos. Por cierto que no
faltaron las incidencias. Federico tenía contradictores. A mí también me pasaba y me sigue pasando lo
mismo. Estos contradictores se sienten estimulados y quieren apagar la luz para que a uno no lo vean. Así
sucedió aquella vez. Como había interés en asistir al banquete que nos ofrecía el Pen Club en el Hotel
Plaza, a Federico y a mí, alguien hizo funcionar los teléfonos todo el día para notificar que el homenaje se
había suspendido. Y fueron tan acuciosos que llamaron incluso al director del hotel, a la telefonista y al
cocinero—jefe para que no recibieran adhesiones ni prepararan la comida. Pero se desbarató la maniobra y
al fin estuvimos reunidos Federico García Lorca y yo, entre cien escritores argentinos.
Dimos una gran sorpresa. Habíamos preparado un discurso a alimón. Ustedes probablemente no
saben lo que significa esa palabra y yo tampoco lo sabía. Federico, que estaba siempre lleno de
invenciones y ocurrencias, me explicó:
"Dos toreros pueden torear al mismo tiempo el mismo toro y con un único capote. Esta es una de las
pruebas más peligrosas del arte taurino. Por eso se ve muy pocas veces. No más de dos o tres veces en un
siglo y sólo pueden hacerlo dos toreros que sean hermanos o que, por lo menos, tengan sangre común.
Esto es lo que se llama torear al alimón. Y esto es lo que haremos en un discurso."
Y esto es lo que hicimos, pero nadie lo sabía. Cuando nos levantamos para agradecer al presidente
del Pen Club el ofrecimiento del banquete, nos levantamos al mismo tiempo, cual dos toreros, para un solo
discurso. Como la comida era en mesitas separadas, Federico estaba en una punta y yo en la otra, de modo
que la gente por un lado me tiraba a mí de la chaqueta para que me sentara creyendo en una equivocación,
y por el otro hacían lo mismo con Federico. Empezamos, pues, a hablar al mismo tiempo diciendo yo
"Señoras" y continuando él con "Señores", entrelazando hasta el fin nuestras frases de manera que pareció
una sola unidad hasta que dejamos de hablar. Aquel discurso fue dedicado a Rubén Darío, porque tanto
García Lorca como yo, sin que se nos pudiera sospechar de modernistas, celebrábamos a Rubén Darío
como uno de los grandes creadores del lenguaje poético en el idioma español.
He aquí el texto del discurso:
NERUDA: Señoras...
LORCA: ...y señores: Existe en la fiesta de los toros una suerte llamada "toreo del alimón", en que
dos toreros hurtan su cuerpo al toro cogidos de la misma capa.
NERUDA: Federico y yo, amarrados por un alambre eléctrico, vamos a parear y a responder esta
recepción muy decisiva.
LORCA: Es costumbre en estas reuniones que los poetas muestren su palabra viva, plata o madera,
y saluden con su voz propia a sus compañeros y amigos.
NERUDA: Pero nosotros vamos a establecer entre vosotros un muerto, un comensal viudo, oscuro en
las tinieblas de una muerte más grande que otras muertes, viudo de la vida, de quien fuera en su hora
marido deslumbrante, nos vamos a esconder bajo su sombra ardiendo, vamos a repetir su nombre hasta
que su poder salte del olvido.
LORCA: Nosotros vamos, después de enviar nuestro abrazo con ternura de pingüino al delicado
poeta Amado Villar, vamos a lanzar un gran nombre sobre el mantel, en la seguridad de que se han de
romper las copas, han de saltar los tenedores, buscando el ojo que ellos ansían, y un golpe de mar ha de
manchar los manteles. Nosotros vamos a nombrar al poeta de América y de España: Rubén...
NERUDA: Darío. Porque, señoras...
LORCA: y señores...
NERUDA: ¿Dónde está, en Buenos Aires, la plaza de Rubén Darío?
LORCA: ¿Dónde está la estatua de Rubén Darío?
NERUDA: El amaba los parques. ¿Dónde está el parque Rubén Darío?
Confieso que he vivido. Memorias Pablo Neruda
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LORCA: ¿Dónde está la tienda de rosas de Rubén Darío?
NERUDA: ¿Dónde está el manzano y las manzanas de Rubén Darío?
LORCA: ¿Dónde está la mano cortada de Rubén Darío?
NERUDA: ¿Dónde está el aceite, la resina, el cisne de Rubén Darío?
LORCA: Rubén Darío duerme en su "Nicaragua natal" bajo su espantoso león de marmolina, como
esos leones que los ricos ponen en los portales de sus casas.
NERUDA: Un león de botica al fundador de leones, un león sin estrellas a quien dedicaba estrellas.
LORCA: Dio el rumor de la selva con un adjetivo, y como fray Luis de Granada, jefe de idiomas, hizo
signos estelares con el limón, y la pata de ciervo, y los moluscos llenos de terror e infinito: nos puso al mar
con fragatas y sombras en las niñas de nuestros ojos y construyó un enorme paseo de gin sobre la tarde
más gris que ha tenido el cielo, y saludó de tú a tú el ábrego oscuro, todo pecho, como un poeta romántico,
y puso la mano sobre el capitel corintio con una duda irónica y triste de todas las épocas.
NERUDA: Merece su nombre rojo recordarlo en sus direcciones esenciales con sus terribles dolores
del corazón, su incertidumbre incandescente, su descenso a los espirales del infierno, su subida a los
castillos de la fama, sus atributos de poeta grande, desde entonces y para siempre e imprescindible.
LORCA: Como poeta español enseñó en España a los viejos maestros y a los niños, con un sentido
de universalidad y de generosidad que hace falta en los poetas actuales. Enseñó a ValleInclán y a Juan
Ramón Jiménez, y a los hermanos Machado, y su voz fue agua y salitre, en el surco del venerable idioma.
Desde Rodrigo Caro a los Argensolas o don Juan Arguijo no había tenido el español fiestas de palabras,
choques de consonantes, luces y forma como en Rubén Darío. Desde el paisaje de Velázquez y la hoguera
de Goya y desde la melancolía de Quevedo al culto color manzana de las payesas mallorquinas, Darío
paseó la tierra de España como su propia tierra.
NERUDA: Lo trajo a Chile, una marea, el mar caliente del Norte, y lo dejó allí el mar, abandonado en
costa dura y dentada, y el océano lo golpeaba con espumas y campanas, y el viento negro de Valparaíso lo
llenaba de sal sonora. Hagamos esta noche su estatua con el aire atravesada por el humo y la voz y por las
circunstancias, y por la vida, como ésta su poética magnífica, atravesada por sueños y sonidos.
LORCA: Pero sobre esta estatua de aire yo quiero poner su sangre como un ramo de coral agitado
por la marea, sus nervios idénticos a la fotografía de un grupo de rayos, su cabeza de minotauro, donde la
nieve gongorina es pintada por un vuelo de colibríes, sus ojos vagos y ausentes de millonario de lágrimas, y
también sus defectos. Las estanterías comidas ya por losjaramagos, donde suenan vacíos de flauta, las
botellas de coñac de su dramática embriaguez, y su mal gusto encantador, y sus ripios descarados que
llenan de humanidad la muchedumbre de sus versos. Fuera de normas, formas y espuelas queda en pie la
fecunda sustancia de su gran poesía.
NERUDA: Federico García Lorca, español, y yo, chileno, declinamos la responsabilidad de esta
noche de camaradas, hacia esa gran sombra que cantó más altamente que nosotros, y saludó con voz
inusitada a la tierra argentina que posamos.
LORCA: Pablo Neruda, chileno, y yo, español, coincidimos en el idioma y en el gran poeta
nicaragüense, argentino, chileno y español, Rubén Darío.
NERUDA y LORCA: Por cuyo homenaje y gloria levantamos nuestro vaso.
Recuerdo que una vez recibí de Federico un apoyo inesperado en una aventura erótico—cósmica.
Habíamos sido invitados una noche por un millonario de esos que sólo la Argentina o los Estados Unidos
podía producir. Se trataba de un hombre rebelde y autodidacta que había hecho una fortuna fabulosa con
un periódico sensacionalista. Su casa, rodeada por un inmenso parque, era la encarnación de los sueños de
un vibrante nuevo rico. Centenares de jaulas de faisanes de todos los colores y de todos los países orillaban
e camino. La biblioteca estaba cubierta sólo de libros antiquísimos que compraba por cable en las subastas
de bibliógrafos europeos, y además era extensa y estaba repleta. Pero lo más espectacular era que el piso
de esta enorme sala de lectura se revestía totalmente con pieles de pantera cosidas unas a otras hasta
formar un solo y gigantesco tapiz. Supe que el hombre tenía agentes en Africa, en Asia y en el Amazonas
destinados exclusivamente a recolectar pellejos de leopardos, ozelotes, gatos fenomenales, cuyos lunares
estaban ahora brillando bajo mis pies en la fastuosa biblioteca.
Así eran las cosas en la casa del famoso Natalio Botana, capitalista poderoso, dominador de la
opinión pública en Buenos Aires. Federico y yo nos sentamos a la mesa cerca del dueño de casa y frente a
una poetisa alta, rubia y vaporosa, que dirigió sus ojos verdes más a mí que a Federico durante la comida.
Esta consistía en un buey entero llevado a las brasas mismas y a la ceniza en una colosal angarilla que
portaban sobre los hombros ocho o diez gauchos. La noche era rabiosamente azul y estrellada. El perfume
del asado con cuero, invención sublime de los argentinos, se mezclaba al aire de la pampa, a las fragancias
del trébol y la menta, al murmullo de miles de grillos y renacuajos.
Nos levantamos después de comer, junto con la poetisa y con Federico que todo lo celebraba y todo
lo reía. Nos alejamos hacia la piscina iluminada. García Lorca iba delante y no dejaba de reír y de hablar.
Estaba feliz. Esa era su costumbre. La felicidad era su piel.
Dominando la piscina luminosa se levantaba una alta torre. Su blancura de cal fosforecía bajo las
luces nocturnas.
Subimos lentamente hasta el mirador más alto de la torre. Arriba los tres, poetas de diferentes estilos,
nos quedamos separados del mundo. El ojo azul de la piscina brillaba desde abajo. Más lejos se oían las
guitarras y las canciones de la fiesta. La noche, encima de nosotros, estaba tan cercana y estrellada que
parecía atrapar nuestras cabezas, sumergirlas en su profundidad.
Tomé en mis brazos a la muchacha alta y dorada y, al besarla, me di cuenta de que era una mujer
carnal y compacta, hecha y derecha. Ante la sorpresa de Federico nos tendimos en el suelo del mirador, y
ya comenzaba yo a desvestirla, cuando advertí sobre y cerca de nosotros los ojos desmesurados de
Federico, que nos miraba sin atreverse a creer lo que estaba pasando.
—¡Largo de aquí! ¡Ándate y cuida de que no suba nadie por la escalera! —le grité.
Mientras el sacrificio al cielo estrellado y a Afrodita nocturna se consumaba en lo alto de la torre,
Federico corrió alegremente a cumplir su misión de Celestino y centinela, pero con tal apresuramiento y tan
mala fortuna que rodó por los escalones oscuros de la torre. Tuvimos que auxiliarlo mi amiga y yo, con
muchas dificultades. La cojera le duró quince días.

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